lunes, 9 de diciembre de 2013

Repercusión de la Actividad Física sobre el Sistema Óseo: Deporte y Huesos fuertes

deporte-huesos
Existe un consenso general de que la práctica del ejercicio físico tiene un efecto beneficioso sobre el sistema locomotor integrado, es decir, no solamente sobre los tendones, los huesos y las articulaciones. Sin embargo, esta afirmación tiene mucho de empírica, o intuitiva.
En efecto, si bien es cierto que el movimiento es un factor de primer orden para que los tendones y las articulaciones se mantengan «en forma», e incluso contribuye significativamente a la recuperación de su función luego de inmovilizaciones prolongadas, no menos verdadero resulta que el uso continuado (y peor aún si es excesivo) deteriora notablemente la estructura y la función de estos órganos, llegando a producir enfermedades importantes como la artrosis y la tenosinovitis crónica.

La relación entre el ejercicio y los huesos, por su parte, es bastante complicada. Sólo en los últimos tres o cuatro años se han producido avances en la interpretación de los mecanismos que regulan la conformación estructural ósea a partir de los estímulos mecánicos, cuyo conocimiento resulta fundamental para comprender hasta que punto la practica deportiva o la preparación física pueden resultar beneficiosas, anodinas, o perjudiciales para el esqueleto. En momentos en que, como hoy, se está concediendo tanta importancia al estudio de la etiología y la prevención de la osteoporosis, para la cual corresponde prescribir una actividad física adecuada, parece oportuno dedicar nuestra atención al tema. El esqueleto del hombre es el resultado biológico de milenios de evolución. Cada uno de los niveles de complejidad estructural que lo integran (molecular, subcelular, celular, tisular, orgánico, sistémico e individual) ha ido cambiando a través de sucesivas mutaciones génicas a lo largo del proceso de diferencias génicas a o largo del proceso de diferenciación filogenética (1) hasta el grado de desarrollo que le impone hoy la programación genética de nuestra especie, según la cual los huesos no sólo desempeñan funciones de sostén sino también de protección de la médula ósea, y de reservorio de minerales de importancia fundamental para la vida. Sin embargo, no todo es genético en la determinación de la forma (y, por consiguiente, de la resistencia) de un hueso. En nuestro desarrollo embrionario (diferenciación ontogenética (1)), la «determinación» de una célula ubicada en un sitio dado del mesodermo (conjunto celular primitivo del que derivan los músculos y todos los tejidos conjuntivos, incluyendo el óseo) para diferenciarse (especializarse) como acumuladora de grasa (adipocito), contráctil (muscular), fabricante de fibras (fibroblasto) o constructora de hueso (osteoblasto), depende de «órdenes» que proceden a nivel molecular (1), a cargo de mediadores químicos (inductores) producidos por la misma célula y/o por otras. vecinas, en respuesta al trabajo de sus genes (ADN nuclear), que a su vez son «derreprimidos» (activados) por otras moléculas producidas con admirable precisión témporo-espacial (relaciones de «orden» (1)). Los huesos se forman, pues, por la diferenciación programada (transformación en base a cambios moleculares inducidos) de células primitivas (preosteoblastos: Pre-OB, Figura 1) en otras más especializadas, productoras de fibras colágenas y de enzimas del tipo de las fosfatasas que, volcadas al medio extracelular del tejido, estimulan la producción de cristales de fosfato de calcio que se van depositando sobre los haces de fibras y, con el tiempo les van confiriendo rigidez y resistencia a la fractura (proceso de formación ósea: FO, Figura 1), lo mismo que ocurre con el cemento que se añade a los hierros para construir una viga o una columna.

No hay comentarios:

Publicar un comentario