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Existe un consenso general de que la práctica del ejercicio
físico tiene un efecto beneficioso sobre el sistema locomotor integrado, es
decir, no solamente sobre los tendones, los huesos y las articulaciones. Sin
embargo, esta afirmación tiene mucho de empírica, o intuitiva. En efecto, si bien es cierto que el movimiento es un factor de primer orden para que los tendones y las articulaciones se mantengan «en forma», e incluso contribuye significativamente a la recuperación de su función luego de inmovilizaciones prolongadas, no menos verdadero resulta que el uso continuado (y peor aún si es excesivo) deteriora notablemente la estructura y la función de estos órganos, llegando a producir enfermedades importantes como la artrosis y la tenosinovitis crónica. |
La relación entre el ejercicio
y los huesos, por su parte, es bastante complicada. Sólo en los últimos tres o cuatro años se han producido avances en la interpretación de los
mecanismos que regulan la conformación estructural ósea a partir de los
estímulos mecánicos, cuyo conocimiento resulta fundamental para comprender
hasta que punto la practica deportiva o la preparación física pueden resultar
beneficiosas, anodinas, o perjudiciales para el esqueleto. En momentos en que,
como hoy, se está concediendo tanta importancia al estudio de la etiología y la
prevención de la osteoporosis, para la cual corresponde
prescribir una actividad física adecuada, parece oportuno dedicar nuestra
atención al tema. El esqueleto del hombre es el resultado biológico de milenios
de evolución. Cada uno de los niveles de complejidad estructural que lo
integran (molecular, subcelular, celular, tisular, orgánico, sistémico e
individual) ha ido cambiando a través de sucesivas mutaciones génicas a lo largo del proceso de diferencias génicas
a o largo del proceso de diferenciación filogenética (1) hasta el grado de
desarrollo que le impone hoy la programación genética de nuestra especie, según
la cual los huesos no sólo desempeñan funciones de sostén sino también de
protección de la médula ósea, y de reservorio de minerales de importancia
fundamental para la vida. Sin embargo, no todo es genético en la determinación
de la forma (y, por consiguiente, de la resistencia) de un hueso. En nuestro
desarrollo embrionario (diferenciación ontogenética (1)), la «determinación» de
una célula ubicada en un sitio dado del mesodermo (conjunto celular primitivo
del que derivan los músculos y todos los tejidos conjuntivos, incluyendo el
óseo) para diferenciarse (especializarse) como acumuladora de grasa
(adipocito), contráctil (muscular), fabricante de fibras (fibroblasto) o
constructora de hueso (osteoblasto), depende de «órdenes» que proceden a nivel
molecular (1), a cargo de mediadores químicos (inductores) producidos por la
misma célula y/o por otras. vecinas, en respuesta al trabajo de sus genes (ADN
nuclear), que a su vez son «derreprimidos» (activados) por otras moléculas
producidas con admirable precisión témporo-espacial (relaciones de «orden»
(1)). Los huesos se forman, pues, por la diferenciación programada
(transformación en base a cambios moleculares inducidos) de células primitivas (preosteoblastos:
Pre-OB, Figura 1) en otras más especializadas, productoras de fibras colágenas
y de enzimas del tipo de las fosfatasas que, volcadas al medio extracelular del
tejido, estimulan la producción de cristales de fosfato de calcio que se van depositando
sobre los haces de fibras y, con el tiempo les van confiriendo rigidez y
resistencia a la fractura (proceso de formación ósea: FO, Figura 1), lo mismo
que ocurre con el cemento que se añade a los hierros para construir una viga o
una columna.

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